El motor de mi máquina de coser vieja gruñe como un toro cansado. Cada vez que arreglo unos jeans rotos, pienso en el nuevo dueño de la tienda de ropa confeccionada que llegó con sus carteles brillantes. Pero mi madre aún guarda mis billetes de cincuenta rupias bajo la cama, are yaar, esa confianza no se compra.
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